Camino de San Salvador

Camino de San Salvador

Catedral de León

El lunes 24 de octubre, al día siguiente de haber corrido la media maratón de Valencia, tomo el tren que me llevará hasta León, donde da comienzo este camino. Son 5 horas de viaje, que paso escuchando música y leyendo en su mayoría. He decidido dar una segunda oportunidad a Kuebico, de Miguel Ángel Carmona del Barco, que comencé a leer unos meses atrás y no consiguió capturarme. Mi criterio a la hora de seleccionar lecturas para el camino se basa en gran parte en el tamaño (y por ende el peso) del libro. Puesto que éste no es muy voluminoso decido llevarlo para matar las horas de viajes y leer unas páginas en los ratos de descanso en los albergues, al finalizar las etapas.

Llegamos a León unos minutos después de las 5 de la tarde, según lo previsto, y me encamino hacia el albergue del convento de las carbajalas, céntrico y cercano a la plaza de la Catedral. Llevo mi credencial conseguida en Valencia, pero puesto que hay una específica para el camino del Salvador y en este albergue la puedo conseguir, la adquiero. Tras las usuales tareas de registro, aseo y preparación de la cama, salgo con la intención de dar un paseo por León y sellar la credencial en la Catedral, hacia donde me dirijo. Contemplo detenidamente el majestuoso monumento; no soy ningún experto en arte ni arquitectura, pero me fascina la belleza y simplicidad de sus líneas, la grandiosidad de su solidez. Más tarde continúo mi andadura por la zona centro, reconociendo lugares que visitamos hace ya unos años cuando pasé por aquí con mis compañeras del camino Francés. Caminando sin rumbo definido hago un par de paradas en sendas tascas para tomar unas tapas y comprar algunas provisiones para el camino. Esto es algo que voy a tener que tener muy en cuenta durante estas etapas, ya que en buena parte atraviesan parajes en los que no se puede encontrar ningún servicio, ni bares o restaurantes ni tiendas. Finalmente vuelvo al albergue y leo un rato tumbado en la cama antes de dormir.

25 de octubre, etapa 1. León a La Robla.

Son las 6 de la mañana cuando suena mi despertador. Me levanto y preparo la mochila; en el albergue sirven un desayuno a cambio de la voluntad: café, tostadas, fruta, galletas… más que suficiente para emprender la marcha con la energía necesaria. Dejo mi aportación en la caja y tras despedirme de las hospitaleras me pongo en marcha, siguiendo las marcas del camino Francés que debo seguir hasta la plaza de San Marcos.

Al pasar por la plaza de la Catedral me detengo unos minutos a contemplarla nuevamente. Pese a que los focos que la iluminan están apagados, la luz de las farolas aledañas proporcionan suficiente iluminación para poder contemplar su majestuosa figura. Finalmente giro a mi izquierda y sigo la línea trazada por las vieiras incrustadas en el suelo. Al llegar a la plaza de San Marcos encuentro que el parador sí está iluminado. Junto a él, la iglesia de San Marcos permanece en las sombras, rotas únicamente por la iluminación nocturna de la plaza. Tengo que buscar la primera señal del Camino del Salvador, pero me cuesta encontrarla y opto por consultar el mapa para poder volver a la ruta. Apenas unos metros mas allá de la iglesia por fin veo la señal buscada. Me viene a la memoria mi buen Lino, a quien conocí precisamente en Oviedo, a donde me dirijo, en el inicio del camino Primitivo. La mañana en que partía me pregunto si salia hacia el Primitivo y al responderle que sí me pidió acompañarme, ya que «cuatro ojos ven más que dos» y en la salida de las ciudades le cuesta encontrar la ruta. Lo cierto es que a mi también me cuesta; en un camino, de tarde en tarde encuentras un cruce o desvío y en estos momentos es cuando hay que estar atento para no perder las señales. En ciudad hay constantes cruces, pasos e intersecciones y no siempre la señalización es buena, así que es fácil desorientarse.

Primer mojón del Camino de San Salvador

Es en este instante cuando siento que empiezo de verdad el camino. Siguiendo la Avenida de Los Peregrinos llego al Parque del Bernesga. Las señales me llevan por el parque, junto al río, y poco a poco voy dejando atrás León. Tras unos kilómetros atravesando barrios periféricos y zonas industriales, salgo a la carretera que me lleva a hacia Carbajal. A partir de aquí el camino atraviesa diversos parajes en los cuales se empieza ya a adivinar la belleza de los campos y montes leoneses. Camino a través de prados o bosques de robles y encinas junto con algunos nogales, en constante ascenso, con tiempo nublado que amenaza lluvia, que por suerte, al menos por el momento, no se presenta. Entre Carbajal y Cabanillas me tropiezo con alguna fuerte subida y sendas estrechas y pedregosas, a veces con barro. Poco a poco voy acusando el cansancio, que se me hace todavía mayor en el ascenso hasta La Seca. Además la lluvia hace acto de presencia, haciendo que la etapa se me haga más pesada todavía. Según la guía son poco más de 27 kilómetros, pero como siempre estoy seguro que será algo más. Y no hay que olvidar que acabo de correr la media maratón de Valencia, con lo que mis piernas acusan todo este esfuerzo.

Campos y montes de León

A la salida de Cascantes encuentro un desvío: por caminos o siguiendo la carretera. Me detengo y mientras estoy debatiéndome por la vía a continuar, me alcanza un hombre que ibas tras de mi empujando una carretilla. El hombre me dice que mejor por carretera, que allá por los praos está to encharcao. Así que no me lo pienso, tras cruzar unas palabras más con él continúo por la carretera. Además, es un kilómetro más corto.

Llegando a La Robla empieza a llover otra vez, ligeramente al principio pero poco a poco va creciendo en intensidad. Como ya estoy en La Robla no quiero parar otra vez a cubrirme; procuro aprovechar los árboles y salientes de los edificios para mitigar la lluvia hasta que finalmente llego a la pensión. Desgraciadamente desde que cerraron por la Covid, el albergue municipal no ha reabierto sus puertas, por lo que no queda otra que optar por hostales o pensiones. La pensión Mundo en la que me alojo es un sitio sencillo con lo suficiente para descansar y reponer fuerzas. La mujer que me atiende me recomienda para comer el restaurante La Bogadera, en la plaza, donde tendré que ir pronto si no quiero encontrar la cocina cerrada. Me dirijo al mismo y tomo un menú de dos platos bien cumplidos y contundentes, que junto con la tarta de queso de postre me dejan lleno. Tras la comida vuelvo a la pensión, me ducho y descanso un par de horas.

Ya anochecido salgo a pasear por La Robla. Hace frío y todavía estoy cansado, así que mi paseo no se prolonga mucho. Entro en una frutería para comprar unos plátanos y, si es posible, algo de pan. La frutería resulta tener un poco de todo, así que además de fruta y pan compro un poco de empanada y unos dulces. A partir de mañana, más allá de La Pola de Gordón me esperan muchos kilómetros sin ningún sitio donde poder adquirir comestibles, por lo que se hace necesario ir preparado. Se hace tarde y aunque no tengo mucha hambre me apetece tomar algo caliente; entro en una cafetería de estilo bastante moderno y tomo un chocolate caliente con magdalenas. Me pesan las piernas cada vez más; vuelvo a la pensión a descansar.

Mi intención es leer algo antes de dormir, pero descubro que no tengo mi libro. Tras meditar unos minutos e intentar hacer memoria llego a la conclusión que que debí dejarlo en la cama del albergue de León y caería al suelo durante la noche, ya que de otro modo lo habría visto al recoger mis enseres al hacer la mochila. Está claro, el destino no quiere que termine de leer Kuebico. Quizá en otro momento.

26 de octubre, etapa 2. La Robla a Poladura de la Tercia

Me despierto antes de que suene la alarma de mi móvil, he dormido algo más de lo habitual. Bajo al bar de la pensión y tomo un desayuno en el que echo en falta cierta variedad y algo de temperatura en el café con leche. Haciendo gala de mi falta de memoria o mi capacidad de despiste, olvido otra vez pedir que me sellen la credencial (ya lo había olvidado ayer). Pago la consumición y la estancia y todavía de noche me pongo en camino.

Dejo atrás el pueblo; el camino continúa por un bonito paseo junto al río iluminado por farolas de luz amarillenta. Como a un kilómetro aproximadamente paso bajo lo que me parece un puente de piedra, aunque un cartel me cuenta que es un acueducto, conocido como «El Encañao», construido en el S XVIII para llevar agua del río Bernesga desde Peredilla a La Robla. Poco más adelante, al llegar a Puente de Alba, empieza a soplar un fuerte viento frío que me obliga a cambiar el cortavientos por la chaqueta. Cuando llego a Peredilla empieza a clarear y veo nubes oscuras que cubren las cumbres de los montes cercanos.

Acueducto «El Encañao»

Al llegar a la ermita de Nuestra Señora del Buen Suceso ya ha amanecido, aunque el cielo está completamente cubierto. Me detengo unos minutos a contemplar el bello edificio -cerrado, no puedo verla por dentro- y después cruzo la carretera para entrar en el bar y desayunar algo más contundente; también pido un bocadillo que me llevaré para la comida. Tras la parada vuelvo a ponerme en marcha, ahora por un precioso camino entre árboles que me lleva hacia Pola de Gordón, donde la fealdad de la subestación eléctrica contrasta con la vista de los paisajes a su alrededor.

Ermita de Nuestra Señora del Buen Suceso

Hacia Beberino vuelve a llover a intervalos. Cuando llego a la carretera de subida a Buiza me llama la atención un gran cartel en el que se anuncia la Escuela de escalada 4 valles. Mirando la pared rocosa que se alza a mi derecha pienso que jamás se me ocurriría a mi intentar la escalada en un paraje así. Comienzo el ascenso; a ambos lados de la carretera los árboles se llenan de hojas amarillentas que anuncian el cambio de estación. En un momento de la subida me impresiona una figura sobre una roca: un lobo, pero no es real, se trata de una silueta oportunamente colocada; algún tributo a la especie, imagino. Al llegar a Buiza busco el albergue para sellar la credencial, pero lo encuentro cerrado. Llamo por teléfono al número indicado en un cartel en la entrada del albergue y el hospitalero me dice que allí no tienen para sellar, lo que me sorprende, pero me tengo que resignar a continuar con la cartilla casi en blanco. En este punto tengo que decir que habitualmente las guías sitúan Buiza como final de esta etapa, pero se recomienda continuar hasta Poladura de la Tercia, ya que de este modo la etapa más dura se acorta notablemente. Como ya he dicho anteriormente en Buiza no hay bar ni tiendas, por lo que no me detengo mas que el tiempo necesario para efectuar la infructuosa llamada.

Pared rocosa y silueta de lobo

Atravieso el pequeño pueblo; el camino continúa en ligera pendiente a través de prados hasta que asciende abruptamente por una ladera, estrechándose y haciéndose más complicado por las piedras, el barro y las heces de vaca que lo cubren. Continúo subiendo, siempre por sendas más que caminos, hasta llegar al Alto Forcadas de San Antón. La vista que se presenta ante mis ojos me deja completamente impresionado; tengo que parar unos minutos, sentarme, descansar y comer algo para reponer fuerzas mientras me inundo del colorido de las montañas y los árboles, del cielo y las nubes. Por mi espalda entra un viento frío que me incomoda y no puedo mitigar completamente con la ropa, pero me resisto a seguir, no quiero romper el instante. Aunque quisiera que el tiempo se detuviera, tengo que continuar la marcha y así pues continúo; empiezo la bajada que atraviesa primero un tranquilo bosque de majestuosos pinos para después continuar por prados y bosque bajo. La pendiente no es excesiva, lo que facilita el paso por las muchas sendas que transita. Más abajo alcanzo una pista que, con permiso de los múltiples charcos y barrizales que la atraviesan, me lleva a lo que creo Poladura, aunque resulta ser San Martín. Si hubiera leído bien la guía en lo referente a este tramo, habría sido consciente de este innecesario desvío añadido y me hubiera ahorrado algún kilómetro. Alcanzo el pequeño pueblo y a la salida encuentro dos vías hacia Poladura: por camino o carretera. Mi primera intención es continuar por camino, pero antes de seguir pregunto a una mujer que a la puerta de su casa está hablando con otra más joven, por el parecido quizá su hija. Por carretera más corto y llano, claro, que el camino está malo; así que escojo la opción cómoda, puesto que el cansancio ya se hace notar desde hace unos cuantos kilómetros.

Alto Forcadas de San Antón

La carretera, apenas una pista asfaltada, me conduce finalmente a Poladura. Pregunto por el albergue a un hombre que cruzo en mi camino; es extranjero, por el acento diría holandés, y no me da unas indicaciones muy claras, pese a lo cual unos metros más adelante llego por fin. El albergue está vacío, llamo al teléfono indicado y una mujer me informa de que más tarde pasarán a darme la sábana y cobrar la cuota. Después de darme una ducha caliente como algo de lo que llevo en la mochila; en Poladura hay una casa rural con restaurante que esta semana permanece cerrada, según me informaron. Mientras estoy comiendo llega el hospitalero que al verme comer me dice que no quiere molestar, que luego volverá; aunque le insisto se marcha para dejarme comer con tranquilidad. A su vuelta y tras cumplimentar el registro charlamos un rato sobre Poladura y el camino, me cuenta sobre la etapa de mañana y me dice que parece que tendré buen tiempo. Eso espero. Como el hospitalero ha encendido la calefacción aprovecho para hacer la colada y poner a secar la ropa junto a los grandes radiadores instalados, de los que se desprende un agradable calor que mitiga el frío exterior.

Paso parte de la tarde descansando; ya a punto de oscurecer salgo a caminar un poco por el pequeño pueblo. Pronto llego junto a la iglesia; me resultan muy curiosas estas construcciones cuya torre es apenas un muro de piedra con algunas oquedades que alojan las campanas. Empiezan a caer unas gotas; poco a poco la lluvia coge fuerza, así que interrumpo el paseo y vuelvo al albergue donde me dedico a escribir un poco y repasar fotos hechas durante el día. Ceno pan con queso y fruta y tomo un té bien caliente. De buena gana tomaría un chocolate a temperatura magmática, pero no me queda más remedio que conformarme con lo que tengo. Preparo mi mochila para mañana y me voy a descansar, la dura etapa de mañana así lo exige.

Iglesias de San Martín y Poladura de la Tercia

27 de octubre, etapa 3. Poladura de la Tercia a Llanos de Somerón

A partir de Poladura el camino se interna en los montes de León, en plena Naturaleza, a través de parajes prácticamente despoblados, por lo que decido salir a la luz del día y no con frontal como haría si los primeros kilómetros transcurrieran por zona más o menos urbana, por caminos o carreteras y con algo de iluminación. Así pues me levanto más tarde de lo habitual y desayuno un té, frutos secos y una barrita energética, lo que tengo. Nada más salir de Poladura empiezan las dificultades: las señales y el camino no son muy claros y me despisto. Doy unas cuantas vueltas y por fin, ayudado por el track que tengo siempre a mano, retomo la ruta correcta. Enseguida comienza el ascenso, primero más suave para ir acentuándose poco a poco. Si los paisajes que había visto hasta hora me habían impresionado, los que se van presentando a mi vista a medida que asciendo me dejan impactado. La inmensa belleza de los colores otoñales salpica las montañas y valles ante mi; las aves que me sobrevuelan, las reses paciendo, algunos ciervos que consigo entrever; el cielo profusamente adornado de nubes de múltiples formas y tonalidades, todo cuanto me rodea me mantiene en un estado casi hipnótico. La dificultad del terreno me obliga a prestar atención al suelo que piso, por lo que de tiempo en tiempo me detengo para respirar y contemplar el entorno.

Algo más de tres kilómetros de subida me llevan primero al alto del Canto de la Tusa; en este punto, junto a la cruz de San Salvador, se puede contemplar la grandiosidad del valle de la Tercia. Poco más adelante alcanzo la Collada del Cueto, el punto más elevado del camino, a 1.568 metros de altitud. Sopla un fuerte viento frío que me alcanza desde mi espalda; intento buscar cobijo tras unas rocas para sentarme a descansar unos minutos y comer algo para reponer fuerzas. Me quedaría aquí horas y horas, pero el Camino es el Camino y hay que continuar así que me pongo en pie, cargo la mochila e Inicio el descenso por la vertiente opuesta. Y puntualizo, digo el Camino pero en su mayoría no son mas que sendas o simples marcas de pisadas; estrechas, pedregosas y embarradas frecuentemente. E invariablemente plagadas de excrementos de vaca. Tras la corta bajada el camino asciende nuevamente para después iniciar el descenso hasta el Puerto de Pajares. Desde lo alto distingo Arbás del Puerto, por donde tendré que pasar antes de llegar al Puerto de Pajares.

Vista desde la Collada del Cueto

La bajada hasta Arbás, estrecha y muy pedregosa, resulta complicada y castiga mis ya castigadas piernas. Al finalizar esta parte del descenso me acerco a la colegiata de Santa María de Arbás y me encuentro con dos chicos sentados junto a sus mochilas. Me sorprende porque hasta ahora no he visto signos de otros peregrinos pero al hablar con ellos me cuentan que están haciendo el camino en sentido inverso, desde Oviedo a León, por lo que entiendo no haberme encontrado con ellos. Me hablan de la fuerte bajada que voy a encontrar hasta Pajares y me preguntan por lo que les espera a ellos; sobre todo les interesa saber donde podrán encontrar para comer o comprar comida, en concreto por el restaurante de Poladura. Les doy la mala noticia de que tanto el hotel rural como el restaurante están cerrados, y es especialmente mala para ellos porque, según me dicen, les queda medio fuet y unos pistachos. Nos despedimos y cada uno continúa su camino; espero que puedan encontrar algo, no lo tienen nada fácil.

Colegiata de Santa María de Arbás

Desde Arbás continúo por la carretera hacia el Puerto de Pajares, donde el camino se desvía a la derecha, primero por un corto tramo de pista que llanea antes de empezar el descenso a Pajares. Lo primero que me encuentro es una larga bajada a través de un prado en la ladera, con una pendiente pronunciada en la que resulta difícil seguir las señales. Me despisto en varias ocasiones hasta que finalmente decido seguir descendiendo en dirección hacia el punto por el que parece que tendré que cruzar la carretera. Llego al sitio localizado y compruebo que efectivamente es así, por lo que con mucho cuidado cruzo y continúo el descenso, ahora por un camino más llevadero, aunque tampoco fácil. A los pocos metros alcanzo el punto en que el camino se bifurca: a la izquierda hacia San Miguel del Río o a la derecha hacia Pajares. Tal y como tenía previsto continúo hacia Pajares, comenzando el duro descenso primeramente por una senda estrecha y muy pedregosa que transita el bosque bajo que cubre la ladera. Más abajo entro en una zona en la que se alternan bosques de robles o pinos con prados, siempre en pendiente. Finalmente llego a una pista ya casi a la altura de Pajares, a poco más de 1.000 metros de altitud. Lo peor del descenso ya está hecho.

Bajada hacia Pajares

Contento de poder caminar cómodamente, unos metros más adelante encuentro un rebaño de vacas ocupando el camino. Me acerco esperando que se vayan retirando para dejarme paso, pero de improviso aparece un enorme mastín armado con una carlanca de clavos. El animal me lanza furiosos ladridos amenazantes mientras da saltos hacia mi, por lo que decido retroceder. Muchas veces en los caminos he encontrado perros que se me acercan ladrando, como queriendo decir que por ahí no pasaré, pero yendo con la debida precaución y el bastón por delante por lo que pudiera ocurrir nunca he tenido percances. En esta ocasión es distinto. Por la forma de ladrar y atacar este animal me inspira verdadero peligro, y por sus dimensiones no es para ignorarlo. Miro a mi alrededor y no encuentro al posible ganadero por lo que hago algunos intentos más, pero siempre con el mismo resultado. Poco a poco empiezo a sentir una cierta angustia; si no consigo pasar, la alternativa que se me presenta es muy poco halagüeña: la pista es la única forma viable de continuar hacia adelante, tanto a derecha como a izquierda el terreno no es practicable por la pendiente y vegetación presentes. La alternativa en la que no quiero pensar es ascender lo previamente bajado y descender a Pajares por la carretera; ni quiero tener que subir tal pendiente ni bajar por la peligrosa carretera, no es una opción. Tras unos minutos en los que mi desesperación va en aumento veo que el animal se aleja hacia adelante, hasta una zona en la que el terreno se allana formando un pequeño prado. Si consigo atravesar el rebaño y alcanzar el prado antes de que el perro me vea posiblemente se tranquilice al no estar ya junto a las vacas. Así lo hago; al llegar al prado el animal efectivamente me ve y vuelve a acercarse a mi dando fuertes ladridos, pero viendo que me voy alejando de las vacas parece tranquilizarse y, finalmente, me deja en paz.

Antes de llegar a Pajares hay que tomar otro desvío a la izquierda, por un camino afortunadamente no tan malo como los previos. El camino desciende hasta alcanzar otra pista por la que, ahora si, llego a Pajares dejando a mi izquierda al cementerio. Paso junto a la iglesia y llego hasta el albergue, donde como es habitual no encuentro a nadie. Subo hasta la carretera para dirigirme al bar, donde he tenido que avisar con anterioridad para poder comer. El menú es simple y se come de lo que hay, espaguetis a la boloñesa y carne con patatas, ambos en abundancia. Eso si, puedo elegir el postre: pera o yogur.

Mientras estoy esperando que me sirvan la comida consulto la guía y veo que a unos 5 kilómetros está Llanos de Somerón, donde se encuentra el albergue Cascoxu, con muy buenas críticas. Todavía es pronto y a pesar de la dureza de los kilómetros recorridos, haber acortado la etapa previa ha conseguido que no me encuentre excesivamente cansado. Como además parece que en Pajares hay poco que ver llamo para ver si hay plaza disponible y tras confirmarme que la tienen decido continuar.

Iglesia de Pajares

Termino de comer y tras una corta conversación con la dueña del bar me pongo nuevamente en marcha. Doy un pequeño paseo por el pueblo antes de retomar el camino, otra fuerte bajada hacia San Martín. Sopla un fuerte viento que ahora me llega por el frente. En apenas unos minutos paso de ir con sol a la lluvia, que afortunadamente no pasa de un ligero chubasco. La bajada se me hace pesada, finalmente llego a San Martín y continúo por un tramo de carretera en llano. Llego a una señal que me indica que me quedan 2,9 Km hasta el albergue Cascoxu, en Chanos de Somerón. Sigo por la carretera esta vez en ascenso hasta llegar a la iglesia de Santa Marina, donde las señales me obligan a dar un rodeo en torno a ella. A partir de aquí continúo por caminos y sendas que atraviesan campos y bosques, en constante ascenso cada vez más ligero, hasta que el camino prácticamente se mantiene llano. Paso por varias casas de piedra, todas abandonadas aparentemente; al menos no parecen ocupadas. Por fin, veo aparecer ante mi las primeras construcciones de LLanos.

Casas de piedra de camino a LLanos

El albergue está justo a la salida del pueblo; antes de llegar paso por la pequeña plaza donde como es habitual está la iglesia. Me recibe Rocío, quien me dice que Pablo me atenderá enseguida. Momentos después sale de su vivienda, que forma parte de la construcción, y me acompaña al interior para mostrarme las instalaciones. Todo muy nuevo, muy limpio y ordenado, cómodo y con todo lo necesario para que la estancia resulte verdaderamente confortable. Pero lo que más me impresiona es comprobar que soy, una vez más, el único alojado esta noche. Pese a haber avisado con tan poca antelación Rocío y Pablo prácticamente han abierto el albergue para mi; es más, Pablo ha abandonado algunas tareas del campo para poder atenderme. Después de asearme y dejar una bolsa con ropa para la lavadora mantengo una interesante conversación con Pablo sobre el camino y la situación de los albergues como el suyo. Casa Cascoxu no es exclusivo para peregrinos, también aloja a quienes visitan la zona para andar alguna de las múltiples rutas de montaña que se pueden encontrar. Un albergue como éste ubicado en otro sitio con una afluencia de visitantes más continua sería más fácil de mantener. El camino de San Salvador es todavía un camino minoritario y el número de peregrinos que lo transitan es escaso y muy variable. Para poder atender a quienes buscan alojamiento se hace necesario tener una previsión que permita disponer de lo necesario para preparar desayunos, comidas y cenas, cosa que en este camino resulta verdaderamente complicado.

Después de dar un corto paseo por el pueblo vuelvo al albergue a ordenar y guardar la ropa que me ha entregado Pablo, ya limpia y seca. Como la comida de hoy en Pajares ha sido abundante no tengo mucha hambre, así que tomo un poco de pan y queso que me queda, me preparo un té caliente y me voy a descansar; aunque corta, la etapa de hoy ha sido dura y estoy verdaderamente cansado.

28 de octubre, etapa 4. Llanos de Somerón a Pola de Lena

Me levanto y tras vestirme y preparar la mochila voy a la cocina del albergue a tomar el desayuno que el bueno de Pablo me ha dejado preparado: tostada, fruta, frutos secos un bollo y café. Termino de recoger mis cosas y al salir encuentro a Pablo empezando su jornada; recuerdo entonces que ayer tampoco sellé la credencial y le pido que la cumplimente. Ya tengo un sello más, me despido y emprendo la marcha. El terreno está mojado por la lluvia caída durante la noche; el cielo está muy cubierto y sopla algo de viento.

Los primeros kilómetros transcurren por una carretera local por la que apenas circulan algunos vehículos. La carretera va en sinuoso descenso hacia el fondo del valle; el terreno y el tiempo fresco hacen que se camina muy bien, aunque más tarde empieza a llover finamente. Poco a poco la llovizna se transforma en lluvia y me detengo para cubrirme. La lluvia no dura mucho, pero de tiempo en tiempo vuelven a caer unas gotas. Al llegar a Puente de los Fierros encuentro un desvío a la izquierda que continúa por caminos y permite evitar transitar por la carretera N-630. El camino asciende por sendas estrechas y resbaladizas, lo que me hace avanzar despacio para evitar una caída. El valle va quedando a mi derecha, con el río Pajares, la carretera y las vías del tren, así hasta que llego a la aldea de Fresnedo. A partir de aquí el camino mejora notablemente, circulando por pistas de tierra y senderos que de tanto en tanto atraviesan preciosos hayedos y robledales, manteniendo a la izquierda la ladera del Cordal de Llanos de Somerón y a la derecha el valle, del que tengo impresionantes vistas cuando atravieso zonas abiertas.

Valle del Pajares

Llueve otra vez, con fuerza. Tengo que parar nuevamente para cubrirme. He perdido la cuenta de las paradas hechas para ponerme y quitarme el chubasquero. Con poca lluvia prefiero no llevarlo, no me importa mojarme un poco ya que si lo mantengo el sudor me moja más por dentro de lo que llega por fuera. Hay alguna subida y bajada, aunque en general el trazado es llano. Continúa cayendo una lluvia fina y decido esperar a Herías para detenerme unos minutos a descansar y comer algo. A mi derecha un pequeño cementerio me indica la proximidad del pueblo. Me detengo a contemplarlo y me dejo inundar por la tranquilidad del sitio, que me hace pensar que es un bonito sitio para vivir el resto de la eternidad.

En Herías busco la iglesia de San Claudio pensando en la posibilidad de encontrar un soportal que me de refugio durante unos instantes. A través de un portillo metálico accedo al soportal, me siento en un frío banco de piedra y contemplo un coche que se detiene junto a la iglesia, bajo un árbol. Del coche descienden un hombre y una mujer mayores y se dirigen a la que sin duda será su vivienda. Saco el poco pan y queso que me queda y unos frutos secos y mientras como la lluvia va disminuyendo y el cielo se abre en breves claros.

Iglesia de San Claudio de Erías

Tras atravesar Herías encentro una fuerte subida, casi una pared, que afortunadamente resulta corta. Continúo por un camino que aun con algunas subidas y bajadas va en continuo descenso a través de magníficos bosques. El cielo vuelve a cerrarse y llueve otra vez, por suerte sin mucha fuerza y los árboles me dan abrigo. Más adelante tomo un sendero a la derecha que me lleva por una fuerte pendiente hasta Campomanes. Busco un sitio donde comer algo caliente y me dirijo al Restaurante la Parrilla, donde Google me ha enseñado unas fotos de unas carnes y un guiso de fabes con cerdo que ha activado mis jugos, pero me llevo la enorme desilusión de encontrarme con que desde hace ya tiempo no sirven comidas, únicamente pinchos y bocadillos, así que mi guiso se transforma en un triste bocadillo de lomo.

Salgo de Campomanes por un tranquilo paseo fluvial. A 150 metros el río Pajares confluye con el Huerna, formando el río Lena. Con el río a la izquierda continúo por un tramo de asfalto y después por pista de tierra, demasiado cerca de la carretera para mi gusto. A la altura de Vega del Rey paso bajo las vías del tren y tomo una dura pendiente que me lleva hasta la iglesia de Santa Cristina de Lena, una recia y sobria edificación en lo alto de una colina.

Iglesia de Santa Cristina de Lena

Un tranquilo camino a través de una zona arbolada me conduce hasta el fondo del valle. Después, una pista asfalta me lleva finalmente hasta la localidad de Pola de Lena. Muy cerca del centro, junto a la plaza de Alfonso X «El Sabio», está el albergue de peregrinos San Martín, ubicado en un amplio edificio que alberga otras instalaciones de índole social. Tras completar el registro me dirijo a la planta en la que se encuentra el dormitorio, donde descubro un par de mochilas y varios enseres, aunque no hay nadie. Tras las consabidas tareas de aseo y colada me tumbo en la cama para descansar. Un tiempo después aparecen los propietarios de las mochilas, una pareja de Oviedo que salieron esta mañana muy pronto, todavía con frontales, desde Pajares. Según me cuentan ella -Alegría se llama y así se muestra- duda poder continuar; parece que los calcetines le han producido una dolorosa reacción alérgica en los pies. Han ido al médico y si el remedio proporcionado hace efecto pronto quizá pueda continuar. Espero que así sea.

Más tarde salgo a pasear por el pueblo; estamos cerca de Halloween y las calles y plazas están repletas de niños y jóvenes disfrazados para la ocasión. Me reservo mi opinión sobre esta fiesta. Junto a la plaza, al otro lado de la carretera que atraviesa Pola, está la plaza del Mercado, rodeada de tascas y sidrerías. En una de ellas encuentro una mesa libre y me siento; por supuesto pido una botella de sidra que acompaño con cecina, queso cabrales y membrillo. El albergue tiene una curiosa norma sobre la hora nocturna de entrada: no la hay. Te proporcionan una llave y queda a tu criterio la hora a la que regresar para el descanso, con la única condición obvia de no molestar a quienes pudieran estar ya durmiendo. Aprovecho la circunstancia y doy otro corto paseo antes de volver al albergue para descansar.

Hoy he vuelto a la civilización. Se ha notado en la fealdad de parajes transformados en depósitos de nuestras inmundicias.

29 de octubre, etapa 5. Pola de Lena a Oviéu

A las 6:45 h estoy ya en camino y a esta hora la temperatura es de 21º, se prevé un día de calor. El albergue únicamente cuenta con máquinas expendedoras de café, bebidas y bollos o aperitivos por lo que me dirijo primeramente hacia la plaza buscando un sitio abierto donde poder desayunar. Todavía están abriendo, por lo que tengo que esperar unos minutos, pero conociendo mi suerte con el café y los caminos si no aprovecho esta oportunidad seguro que más tarde me arrepentiré. Tras el desayuno emprendo la ruta que atraviesa Pola para después continuar por una fea pista asfaltada con un polígono industrial a la izquierda y la A-66 a la derecha. Este tramo se incorporó para evitar el tránsito original por la carretera AS-375, estrecha y sin arcén y, por tanto, peligrosa. Al llegar a la estación de servicio las señales son confusas y no consigo encontrar fácilmente el camino. Pregunto a un empleado de la estación que me indica que el camino debería seguir por una zona en la que actualmente hay obras y que tengo como alternativa desviarme hacia Villallana y continuar por el camino antiguo. Más tarde comprobaré que el empleado estaba equivocado y no existe el desvío que me indicaba; el camino en este punto retoma el trazado original por la mencionada carretera AS-375. Así pues, continúo, un poco molesto por lo que entonces creo la ruta incorrecta. En Villallana encuentro el antiguo hospital de Nuestra Señora de la Alberguería, fundado en el siglo XVI.

Antiguo hospital de Nuestra Señora de la Alberguería

Pese a que ya está clareando mantengo el frontal encendido para ser más fácilmente visible. La carretera prácticamente no tiene arcén, por lo que hay que caminar casi metido en la calzada. Afortunadamente hay poco tráfico y cuando se acercan vehículos en sentido contrario pueden pasar a mi lado dejando suficiente espacio para rebasarme con seguridad. Algo menos de 2 Km me llevan hasta un desvío a la derecha que por un puente sobre la autovía conduce hasta un camino de tierra que continúa paralelo a la misma y al río Lena. A las 9:00 h la temperatura ya es de 25º. Antes de entrar en Ujo tengo que cruzar nuevamente la autovía, esta vez por un paso inferior. En Ujo busco un sitio donde descansar y comer algo y llego hasta la tranquila plaza donde se encuentra la iglesia románica de Santa Olaya, que sorprendentemente encuentro abierta, aunque vacía. Me siento en un banco en la plaza y como unos frutos secos que me quedan y una barrita de cereales. Mientras estoy comiendo veo un hombre, ya mayor, que atraviesa la plaza y al verme se dirige hacia mi. Es el párroco, me pregunta si soy peregrino y me dice que si quiero sellar la credencial vaya a su casa, junto a la iglesia. Claro, aprovecho la ocasión; recojo la mochila y me dirijo a la vivienda, donde me acompaña hasta su despacho y me sella la credencial. Me pregunta sobre mi procedencia y algunas otras cuestiones sobre mi y tras despedirme de él me pongo nuevamente en camino.

Iglesia de Santa Olaya, en Ujo

Salgo del pueblo y tomo un bonito paseo por el que se camina manteniendo el río a nuestra derecha. La belleza del paseo se malogra por el incesante ruido del tráfico que circula por la autovía, al otro lado del río. A lo largo del paseo encuentro mucha gente corriendo, en bicicleta o simplemente paseando. Poco después empieza el juego de la lluvia: a ratos más fuerte, que me obliga a cubrirme, a ratos más débil, donde el chubasquero me sobra. Pensando en este quita y pon me despisto al llegar a Mieres (villa de Mieres del Camino) y me paso el desvío a la derecha. Consulto el mapa y veo que si cruzo por el siguiente puente puedo retomar fácilmente la ruta correcta. Entro en la villa y me dirijo hacia la iglesia de San Juan.

Mieres

Aunque la iglesia está abierta no hay nadie en la misma, por lo que tampoco puedo sellar, si hubiera sello. Sigo mi camino y antes de salir de Mieres me detengo en un bar para tomar un café con leche y entrar en calor. Lo que parecía que iba a ser un día caluroso se ha transformado en una jornada lluviosa y algo fría. Sigo por la fea carretera AS-375 y empiezo el primero de los tres ascensos que restan antes de llegar a Oviéu. A medida que asciendo el paisaje se abre y se transforma, dejando ver los montes arbolados que rodean el valle. Pero -¿siempre tiene que haber un pero?- el paisaje pronto se estropea por la mole que constituye la central térmica de La Pereda; saber que está en proceso de transformación para quemar biomasa en vez de carbón y reducir así la enorme cantidad de CO2 que emitía no le resta un ápice de su fealdad. Sigo en subida hasta El Padrún, pasando por varias aldeas como Aguilar, deteniéndome de tanto en tanto para contemplar algunos de los múltiples hórreos que encuentro a derecha e izquierda. En la parte alta el paisaje mejora notablemente; paso junto a una residencia y me pregunto mientras camino si no me quedaría en un sitio así. Por el momento no, así que Inicio el descenso desviándome a la derecha por un camino primero y por pista asfaltada después, que me llevan a la aldea de Casares tras la que llego otra vez a la carretera donde busco alguna señal que me indique hacia donde seguir, pero no veo ninguna. Pienso que me he equivocado nuevamente, así que consulto el mapa y compruebo que unos metros atrás figura un desvío que no he visto. Retrocedo y encuentro un sendero estrecho que desciende hacia la derecha, difícil de ver. El sendero está bordeado de ortigas que castigan mis piernas y mi ánimo, ya resentido por los kilómetros caminados. Me asalta un pensamiento y consulto la guía para comprobar que en Olloniego hay transporte hasta Oviéu, así que me planteo la posibilidad de tomar un tren hasta la capital y ahorrarme unos últimos kilómetros que se me hacen duros. Al llegar a Olloniego mi reloj me dice que llevo caminados 24,98 Km, justo en el punto en que un cartel me indica que quedan 10 hasta Uviéu. Mi pensamiento derrotista dura poco; descarto la idea del transporte y decido comer algo rápido y sin detenerme mucho tiempo continuar caminando hasta mi destino. En el bar donde me detengo a tomar un bocadillo y un café el hombre que me atiende me pregunta si voy a Oviedo y me dice que voy a coger agua. Ya he cogido una poca esta mañana, le digo, en un par de horas llego, me dice. La parada me da fuerzas y emprendo nuevamente el camino. A la salida del pueblo me detengo un momento a contemplar el conjunto histórico de Olloniego, bien conservado.

Conjunto histórico de Olloniego

Continúo otra vez por la carretera AS-375 que me lleva sobre el río Nalón. A la altura del viejo caserío El Portazgo encuentro un desvío a la derecha, por un camino en fuerte ascenso. Tras la primera dura pendiente el camino continúa ascendiendo a través de una zona boscosa, intercalando tramos de pista con caminos que me conducen a la parte alta, desde donde ya puedo ver Oviéu.

Vista de Uviéu

Este segundo ascenso ha sido más breve pero con pendientes más pronunciadas. El descenso también es más brusco, por caminos y sendas con mayor desnivel. Poco a poco mis piernas empiezan a decir basta, pero apenas quedan ya unos pocos kilómetros y no me detendré hasta llegar a la Catedral. El tercer y último de los ascensos es el más corto. Debería resultar más cómodo al transitar por pistas asfaltadas, pero se ha levantado un fuerte viento acompañado de algunas gotas que me castigan. Entro en Oviedo por una larga calle en bajada junto a la que se encuentra la parroquia de Santiago Apóstol. Pensaba yo que en esta ocasión no lo vería y mira por donde me saluda al llegar. Paso por debajo de la A-66 y me adentro ya en el casco de la ciudad. Siguiendo las conchas en el suelo, camino hacia la Catedral, paso junto al albergue, pero la prioridad es llegar al final del Camino, a la Catedral de San Salvador. Poco menos de un kilómetro más y, finalmente, llego a mi destino.

Catedral de San Salvador

Pese a no tener más que ciento y pocos kilómetros ha sido un camino duro. El desnivel acumulado en sus etapas y la dificultad del terreno por la que se camina le confieren un carácter que hacen mella en el cuerpo. No puedo evitar emocionarme después de este esfuerzo. Dejo pasar unos minutos contemplando la Catedral y la plaza aledaña, disfrutando el momento. Después me dirijo a la entrada para conseguir el sello con el cerrar mi credencial. El empleado que me atiende me da la enhorabuena y me informa de que me obsequian con la Salvadorana y una visita al interior de la Catedral, para que pueda ver al Santo. Recojo mis documentos y entro a realizar la visita. Veo la nave, el altar mayor, las salas de las reliquias … Cuando llego al museo me noto muy cansado, así que no me entretengo mucho contemplando las piezas que alberga. Paso por el claustro y al entrar nuevamente en el interior de la Catedral, siguiendo el recorrido marcado, llego junto a la imagen del Santo. Bueno, independientemente de que para mi no tenga ningún significado religioso me detengo unos instantes para contemplarla. Noto cada vez más el cansancio acumulado y mi mochila me pesa un mundo, así que salgo de la Catedral y vuelvo sobre mis pasos, hacia el albergue.

Imagen de San Salvador

Llegando al albergue encuentro a una peregrina que me pregunta con acento anglosajón si es necesario tener reserva. No es necesario, le contesto, mientras entramos en las instalaciones del albergue; mientras se registra la oigo decir que viene de New York. Me dirijo a la habitación que me asignan; ahí conozco al que será mi compañero para esta noche, Pascal, un francés que me cuenta que tiene la intención de quedarse uno o dos días en Oviedo antes de emprender el Primitivo. Un tipo curioso que muestra un impresionante despliegue de productos de aseo y cuidado personal. Más tarde seré testigo de un complejo ritual en el que hará uso de buena parte de dichos productos.

Cuando me dirijo hacia la salida me llevo la sorpresa de encontrar a la pareja que conocí en Pola. Han podido terminar la etapa y ella, Alegría, hace honor a su nombre que le viene como anillo al dedo. Viven muy cerca del albergue y se ofrecen a ayudarme si necesito cualquier cosa en Oviedo, lo cual les agradezco enormemente. Me despido de ellos y salgo del albergue para dar un paseo por el centro y cenar algo. Me dirijo otra vez hacia la Catedral, paso junto a ella y sigo caminando unos minutos. Me llama la atención una tasca en la que unos pinchos parece que me llaman desde la barra. Después casi me arrepentiré, el pan está un poco gomoso. Continúo mi camino, ya en dirección al albergue, y me detengo en Barra de Pintxos, esperando tener mejor suerte. El local me gusta; me siento en un taburete en la barra y pregunto. La chica que me atiende me aconseja el pincho de tortilla. Así al pronto no me llama mucho, pero la chica me explica que viene servido en una pequeña sartén con cebolla caramelizada acompañado de pan tostado con aceite y perejil. Un acierto, la tortilla está francamente buena, y junto a la copa de tinto con que la acompaño me sienta más que bien. Con el hambre ya saciado noto que me pesa el cansancio, ha sido una larga jornada plagada de pasos y emociones y llega el momento de ponerle fin. Vuelvo al albergue donde antes de dormir me tomo un chocolate caliente acompañado de uno de los casadiella que compré en Pola. Esta noche me acompañará un profundo sueño.

Barra de Pintxos

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